lunes, 4 de febrero de 2013

La opinión pública: el medio y el fin

Estimado lector, lo que va a leer no es la verdad, sólo es una parte de lo que creemos real.

En pleno siglo XXI no podemos eludir la importancia de la opinión pública, no sólo en el mundo de la política, sino en el conjunto global de la sociedad internacional. De hecho, en el mundo de las relaciones públicas, ciencia nacida en el siglo anterior, el estudio de la opinión pública ocupa un escalón de interés superior. Saber que es lo que cree la masa social, lo que opina sobre un tema en concreto, conocer sus gustos, inquietudes y miedos, es fundamental en esta sociedad de la autopista de la información. Ahora mismo, es imposible imaginar un mundo sin encuestas, sin sondeos, y sin índices de opinión en general.


Cualquier empresa importante, realiza estudios, como mínimo anuales, sobre los gustos de la opinión pública en lo relativo, en lo que se refiere a sus productos. Gracias a estos estudios se ofrece mejor calidad en los productos vendidos ya que son elaborados pensando en los gustos de los consumidores potenciales.

Pero cuando hablamos de política, las personas que forman esa opinión pública pasan de ser meros consumidores a auténticos elementos clave del futuro de un país. De alguna u otra forma, ya sea en regímenes democráticos o en una dictadura (sean cuales sean las diferencias, si existen), los gobernantes están condenados a depender de la opinión pública, pues tarde o temprano, ésta siempre ejerce su capacidad de acción. Cierto es, como veremos a continuación, que la opinión pública no tiene la misma relevancia en un régimen no democrático que en una democracia. Una democracia que en vísperas de las elecciones libres típicas de ese tipo de régimen, vienen marcadas por el uso de los sondeos. Los sondeos son, al igual que las encuestas, (pues el sondeo no es más que una forma de encuesta), una manera de medir la opinión pública. Pero veremos cómo la forma de medición crea en ocasiones, algunos fallos que hacen que éstos no sean ni mucho menos infalibles.

Aunque la democracia y la opinión pública son ideas íntimamente relacionadas, no son sinónimas. La idea de la democracia está más relacionada con la forma en que la gente está organizada políticamente, mientras que la opinión pública tiene más que ver con lo que la gente desea. Desear no implica que el poder político garantice el cumplimiento de esos deseos.

Pero la creencia de que la opinión pública debería legitimar un gobierno, se remonta al menos hasta la antigua Grecia. Aristóteles, (en oposición a Platón), mostraba su sentir de que hay un elemento de verdad en el principio de que hay más sabiduría en una multitud que en un individuo porque es una sabiduría superior si se unen los pedazos correctos, aunque incompletos, del conocimiento de cada uno de la multitud.

Pero no todos los expertos en opinión pública creen que esta opinión (formada por todos), sea válida para consolidar un gobierno. Y se apoyan en un interesante estudio que realizó el especialista Bryce, donde observó que excepto para el 5% de la población norteamericana activa e informada, la opinión es, sobre todo, un asunto de prejuicios y aversión, una unión o adhesión no razonada hacia un partido o facción política. De esta controversia nacen dos formas de ver a la opinión pública en la democracia : la visión elitista y la populista.

Los elitistas creen que la democracia requiere que el gobierno dé respuesta a la opinión colectiva, pero esa opinión colectiva no debería estar implicada en la política de toma de decisiones pues no todos los que participasen en ella serían personas informadas y responsables. Por su parte, los populistas sí creen en la participación de la opinión pública en la toma de decisiones políticas y están en contra de la existencia de elites y expertos en política, pues afirman que todo ser humano es capaz de denunciar lo que le hace falta a él y a su comunidad.

En la actualidad sabemos y somos conscientes de que la opinión pública es fundamental en las democracias. Saber cúal es y será la respuesta de sus ciudadanos para los líderes políticos es indispensable, por ejemplo, a la hora de tomar una decisión controvertida o cuando promulgan una ley. Pero la propia controversia entre elitistas y populistas (que está por encima de las ideologías políticas de sus defensores, es decir, una persona de derechas puede ser populista perfectamente, y una de izquierdas elitista), sigue latente.

La opinión se puede crear, nuestra mente realiza "su" realidad


Un buen ejemplo es el caso de los tribunales populares. Unos piensan que deben ser los jueces, los profesionales, los que deben dar veredicto a una sentencia judicial, y otros, por el contrario, creen que cualquier ciudadano o ciudadana está capacitado para emitir un juicio siempre y cuando esté sano de sus facultades mentales, y que así es más difícil comprar a todos los jueces, garantizando la igualdad de todos los individuos ante la ley. Difícil debate que aún está en la calle. Aún está, por tanto, en estado latente.

Y es que, en definitiva, la opinión pública siempre está en estado latente en una verdadera democracia. Siempre debe estar atenta para pronunciarse ante aquellos hechos o acontecimientos polémicos, y a poder ser, ella debe intentar acrecentar esa controversia, para que ésta llame la atención de los grupos políticos antes de que sea demasiado tarde. La opinión pública, en los regímenes democráticos, gracias a la libertad de expresión, tiene una gran capacidad de poder presionar a las elites gobernantes. Tiene capacidad, les guste a los políticos o no, de hacer cambiar el resultado de unas elecciones, si lo que ocurre en su sociedad no les gusta. Por eso lo ideal sería, que en momentos o aspectos de injusticia, intolerancia o desigualdad en la posibilidad de obtener las mismas oportunidades de unos ciudadanos y otros, la opinión pública consiguiera captar la misma atención que la que les causa a los medios de comunicación y a los grupos políticos, problemas menos importantes, pero que causan, al parecer, mayor controversia que los problemas realmente importantes. Por ello, para un futuro mejor, la opinión pública debe tomar la palabra en muchos más aspectos, puesto que, hasta el momento, ella ha formado y ha conseguido un mundo más democrático, al menos en occidente. 


EL 11 – M : un caso para el análisis

El 11 de marzo de 2004 pudimos ser testigos, desgraciadamente, de un caso importante, una prueba que nos ayuda a volver a insistir en que las leyes sobre la opinión pública se suelen cumplir. Más concretamente, desde aquel día 11 hasta el día 14, en el que se celebraban las elecciones generales en España.

Meses atrás, o incluso sólo una semana antes, se publicaron sondeos realizados en toda España, (mandados realizar por diferentes medios con distintas líneas editoriales como La Ser, La Cope, El País, El Mundo, La Razón, TVE, Antena 3 tv...), sobre la intención de voto de los españoles en esas elecciones, y en todos, el resultado era similar (si bien en algunos de ellos daban una exagerada victoria del Partido Popular sobre el PSOE, dándoles incluso la mayoría absoluta), ya que le daban la victoria al PP. No pocos eran los sectores que querían el cambio de gobierno, desde luego, y es que quizás el gobierno de Aznar, el anterior en el cargo, ya había hecho méritos de sobra para merecer una sustitución, pero lo cierto es que los sondeos les aseguraban un triunfo.

Pero el 11, 12, 13 y 14 de marzo ocurren unos sucesos que al parecer un amplio sector de especialistas en opinión pública, califica de claves en el resultado final que dio la victoria al PSOE: un atentado que mata a unas doscientas personas civiles, una situación de descontrol social donde unos dicen una cosa y otros otra, donde parece ser que el gobierno intenta manipular la realidad y finalmente, una victoria bastante holgada de los socialistas sobre los conservadores. Ese atentado, por si fuera poco, lo efectúa (tras conocer la verdad), una milicia de Al Qaeda, un grupo terrorista islamista, tras el apoyo del gobierno de José M. Aznar a la Guerra de Irak, que comenzó justo un año antes, en marzo del 2003.

Pero, ¿fue este hecho demoledor para Mariano Rajoy y su candidatura, o quizás son los sondeos los que no son capaces de reflejar la realidad de la opinión pública? Si hacemos caso de lo que nos dicen varias de las 15 leyes sobre la opinión pública que realizó en 1947 Hadley Cantril, podemos obtener la respuesta. En la primera ley Cantril afirma que “la opinión pública es extraordinariamente sensible a los acontecimientos importantes”, para rematar en la segunda diciendo que “esos acontecimientos de magnitud excepcional son susceptibles de hacer oscilar a la opinión pública”. Según esta ley (ya que los expertos afirman y reafirman que estas leyes se cumplen siempre), la variación del voto indeciso fue tal, que consiguió que ese acontecimiento (los atentados en este caso), diese la victoria al Psoe y además de forma holgada cuando apenas semanas antes caía derrotado según los sondeos.

Una de las imágenes del fatídico atentado


Para muchos sectores del PP, su derrota se debe a que la gente fue en masa a votar con el sentimiento y no con el razonamiento (suena a razonamiento elitista). Esta teoría puede ser cierta. Pero no olvidemos que los sondeos no representan a toda la opinión pública, sino que son una selección de esa opinión pública, de la cual no se informa, mas que de los resultados finales. No conocemos los orígenes de los encuestados, ni sus edades, ni rentas, ni siquiera sus localidades, por tanto los sondeos no son infalibles. Además la responsabilidad de lo que sucedió no es de la opinión pública sino del gobierno que en ese momento estaba en el poder y del resto de la familia política, como bien nos explica Cantril en su quinta ley “la opinión pública no prevé los casos de emergencia, sino que reacciona ante ellos”. Por lo tanto, dudar de la legitimidad de la victoria en este caso, del PSOE, suena a pataleta, igual que si el que hubiese ganado fuera el PP y alguien dijese que lo hizo ilegalmente, sin pruebas claras.

En resumen, podemos concluir, afirmando que en la victoria del PSOE hay una gran influencia de los atentados del 11 de marzo, pero también es probable que la ventaja del Partido Popular sobre el Partido Socialista Obrero Español que reflejaban los sondeos, no era exactamente como éstos hacían pensar, pues los sondeos, en política sobre todo, no son infalibles. Y sobre todo, que por encima de todo, debemos aplaudir la importancia de la opinión pública (la opinión colectiva, la opinión de todos), en las democracias para poder castigar legalmente a aquellos gobernantes que se lo merezcan (independientemente de que sean de izquierdas, centro o derechas), para buscar soluciones con el único objetivo de mejorar el bienestar común, ya sea de forma sentimental o racional, pues para eso somos libres de elegir cómo queremos ejercer nuestros derechos.

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